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domingo, 10 de marzo de 2013

ALGO QUE ME LLENO DE ALEGRIA, NO POR EL ARTICULO SINO POR EL COMENTARIO QUE SIGUIO AL ARTICULO

Jueves 04 de octubre de 2012 | 01:40 Cuando hacer historia es hacer política con rigor científico Por Maximiliano Tomas | Para LA NACION

Al menos hasta hace algunos años, los estudiantes de historia teníamos una especie de santoral de la bibliografía de nuestra disciplina. Los once titulares podrían haber formado así: Herodoto, Tito Livio, Rostovzeff, Drioton, Vandier, Vernant, Hauser, Colingwood, Carr, Bloch y Febvre. Cada uno de ellos abarcaba diversas áreas de estudio, a veces sociedades, dinastías y civilizaciones enteras. Pero dentro de la historia moderna y contemporánea, había un solo nombre que causaba una reverencia unánime, y era el de Eric Hobsbawm, el teórico marxista de origen judío que murió este lunes en Londres, a los 95 años. Hobsbawm, nacido en Egipto en 1917, se había mudado con sus padres a Viena cuando tenía apenas dos años y poco después quedó huérfano. Más tarde fue llevado a Berlín a vivir con su tío, quien en 1933 se estableció con él en Londres. Con este último viaje el joven Eric no sólo esquivó el horror nazi sino que pudo estudiar en el prestigioso King's College de Cambridge, donde finalmente obtendría un doctorado. De su biografía se ha dicho y escrito todo lo posible por estos días: no hay más que leer el obituario que le dedicó The Guardian (o la entrevista que el mismo medio publicó hace un año, sobre la edición de su último libro, Cómo cambiar el mundo) , o las despedidas de dos diarios ideológicamente antagónicos como El País y el ABC, de España. Hobsbawm, convencido marxista (se había afiliado al Partido Comunista cuando tenía catorce años y perteneció a él hasta 1989), se interesaba por todas las áreas del conocimiento humano y había sido niño en la Viena de Freud, estudiante en los últimos días de Weimar, comunista en tiempos de Kruschev, crítico de jazz en los 50 y profesor en California en los "dorados 60". A él (y a su clásico Historia del siglo XX) le debemos la periodización, aceptada por casi todos, que establece que aquel "siglo corto" comenzó en 1914 con la Primera Guerra Mundial, y se cerró en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Fue a la Historia lo que quizá Einstein o Hawking fueron para la física: inteligencias superiores y al mismo tiempo personajes profundamente humanos Hobsbawm fue a la Historia lo que quizá Einstein o Hawking fueron para la física: inteligencias superiores y al mismo tiempo personajes profundamente humanos, enraizados en su tiempo, atados indefectiblemente al siglo XX. Como Freud (esa bisagra intelectual entre dos siglos), no dudó en demostrar que era posible manifestar una voluntad totalizadora -su trilogía La era de la revolución (1789-1848), La era del capitalismo (1848-1875) y La era del imperio (1875-1914) es su obra más famosa- en una época de especializaciones, y al mismo tiempo hacerlo con un talento narrativo fuera de serie, digno de un novelista moderno. No por casualidad se dice que les dejó a sus nietos una última recomendación: las lecturas de Crimen y castigo, la poesía de W. H. Auden y el Manifiesto comunista. A pesar de su íntima vinculación al siglo en que vivió, Hobsbawm estaba haciendo sus esfuerzos para pensar el actual, cuyos ejes centrales tematizó en su anteúltimo libro publicado: "La cuestión de la guerra y la paz en el siglo XXI, el pasado y el futuro de los imperios del mundo, la naturaleza, el cambiante contexto del nacionalismo, las perspectivas de la democracia liberal y la cuestión de la violencia y el terrorismo políticos". Inteligencia, método y experiencia: de esta manera hacía que se viera sencillo lo que eran procesos muy complejos, sin caer nunca en los facilismos de la divulgación. Libros como los que tan frecuentemente se suelen ver en la listas de best sellers locales (sobre mitos, chismes o sencillas hagiografías) eran impensables para él. Los historiadores, escribió, están para "recordar lo que otros han olvidado o desean olvidar, tomar distancia de la crónica de lo contemporáneo, y encuadrarla en un contexto más amplio y de mayor perspectiva". Y todo eso lo hizo sin dejar de ser, a la vez que uno de los mayores historiadores del siglo XX, un hombre político: como ejemplo está su estrecha colaboración, durante los años 80, con el Partido Laborista británico. Inteligencia, método y experiencia: de esta manera hacía que se viera sencillo lo que eran procesos muy complejos, sin caer nunca en los facilismos de la divulgación No habrá que lamentar demasiado la noticia de su muerte porque su trabajo estaba hecho, y sus libros son conocidos y leídos en todo el mundo. Lo que sí podría desearse es que su rigor metodológico sirva de mayor inspiración a las diversas camadas de historiadores argentinos y, por qué no, a una buena parte del periodismo actual (Hobsbawm era un gran lector de periódicos, y murió rodeado de pilas de ellos), que mientras cree estar escribiendo la verdadera historia apenas garrapatea el borrador de un relato que tiene la cara de la voluntad del poder de turno..

81 04.10.1223:15 m_maler Dicho de otra manera: los temas que estudia Sebreli pueden ser novedosos para un lector promedio pero ya eran conocidos por los sociólogos. Los temas que estudia Rubén Darío Salas no sólo son novedosos para un lector promedio sino que eran desconocidos por los propios historiadores pues hizo aportes originales a la disciplina. Volviendo a Hobsbawn, su famosa trilogía puede ser extraordinariamente útil para el lector promedio (en especial para los estudiantes) pero los temas que trata ya eran conocidos por los historiadores. El gran mérito de Hobsbawn, como autor de difusión, es haberlos sintetizado mejor que otros antes y después que él. Por eso merecidamente famoso. Mientras que los investigadores sólo son conocidos por los especialistas.

  m_maler Para ilustrar la diferencia entre autores de investigación y de difusión cito dos casos argentinos: 1) Rubén Darío Salas: sus obra viene precedia de artículos específicos publicados en revistas académicas. Trabaja sobre archivos inéditos. Es un historiador de investigación: hizo aportes nuevos sobre temas que no se conocían previamente. 2) Juan José Sebreli. Sociólogo. Hace ensayos y grandes síntesis. Trabaja a partir de obras ya publicadas. Es un autor de difusión: los temas que trata eran ya conocidos previamente sólo que no habían sido sintetizados antes. Los dos son muy buenos. Sebreli es conocido por un lector promedio. A Salas sólo lo conocen los especialistas. Ahora bien, los autores de difusión (por lo general famosos) no son posibles si antes no existen muchos investigadores (por lo general desconocidos por el gran público). Volviendo a Hobsbawn, su obra se inscribe en la de los grandes historiadores de difusión, lo cuál no es un demérito, pero es lo que explica su fama.

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